“Soy un político, por favor necesito que la ciudadanía participe”

Hay políticos que no necesitan de la participación ciudadana. Tienen el beneplácito de la minoría más rica de la sociedad y con eso les basta. Trabajan para ellos, sólo a ellos han de contentar.

Estos políticos asientan su poder en utilizar el dinero público para satisfacer una amplia red clientelar de ciudadanos a los que se satisface con productos, servicios, actividades que lleva a cabo el sector privado, mediante las empresas de los amigos para los que trabajan. Con esto matan dos pájaros de un tiro. Tienen contento al amo (que gana dinero de que ellos estén en el poder), y tienen satisfechos a los que luego han de votarles para así poder seguir mandando.

Es una fórmula sencilla. Pero tiene el problema de la voracidad e insaciabilidad tanto del amo como de la amplia red clientelar. Ambos acaban endeudando y arruinando las arcas públicas. Entonces la amplia red clientelar abandona a los que antes la satisfacían. Y el jefe se va de vacaciones a guardar en las Bahamas los enormes beneficios acumulados.

Vienen entonces los otros políticos. Aquellos a los que les toca gobernar gestionando la miseria e intentando reflotar el barco hundido por sobrecarga de deuda. Estos se encuentran con que no pueden tirar mano de la fórmula mágica de mantener una red clientelar satisfecha mediante el pago al sector privado de productos, servicios y actividades que entretienen a la ciudadanía mayoritaria. Además hay algunos de estos políticos a los que esta fórmula no les gusta. En cualquier caso, sea por resignación o por convicción, buscan contar con el beneplácito y la colaboración de la ciudadanía para hacer mejor su gestión. Y que esto se de, además, de manera generosa y comprometida… En una sociedad a la que se ha acostumbrado al “¿y qué hay de lo mío?”, en vez de al “por el interés general”…

Y así, muchas veces, el discurso de los políticos respecto a la participación se queda en un “quiero contar con los ciudadanos a la hora de tomar decisiones, quiero darles explicaciones y responder a sus demandas, pero estos no quieren saber nada de mí”. Llegados a este punto de simplicidad, tras esta lamentación, queda velada la verdadera trascendencia de la participación ciudadana.

Fomentar la participación ciudadana es un asunto de cambio de modelo económico. Sí, sí, tiene que ver más que nada con intentar cambiar que una minoría de ciudadanos de este mundo globalizado, domine, y cada vez con más poder, la economía, y en consecuencia la política, la comunicación, la cultura…

De hecho no se puede caminar hacia un cambio de modelo económico si no es apostando por la participación de la sociedad, por el empoderamiento de la ciudadanía en la gestión de lo público. Pero para entender esto es necesario, antes, hablar de los distintos modelos de debate existentes en torno a la participación ciudadana.

1-. El modelo primitivo de “soy concejal, necesito el beneplácito de los ciudadanos”

Es el modelo que busca una participación directa, en masa, de ciudadanos informados y con criterio, que ayuden, con sus aportaciones, en la toma de decisiones políticas.

En este modelo se encuentran circunscritos las experiencias de:

  • presupuestos participativos
  • consejos ciudadanos
  • agendas 21
  • reglamentos de participación ciudadana
  • asambleas ciudadanas

Hay muchos ejemplos del fracaso de estas experiencias. Aunque es cierto que sirven para tener una idea de las necesidades y demandas de ciertos sectores de la población y las soluciones que estos aportan.

Realmente al político que promueve este modelo de participación lo que le interesa es conocer, de manera certera,cuales son las demandas y necesidades de la población, y cuales son las soluciones óptimas a aplicar a estas. Nada de lo enumerado un poco más arriba sirve eficientemente para esto.

Para lo primero existen instrumentos muy certeros y nada caros, que permiten hacer un buen diagnóstico estadístico de la realidad social:

  • Encuestas, estudios sociológicos con entrevistas a población representativa,
  • Estudios de las quejas ciudadanas,
  • Protocolo de escucha dinamizada de la población, mediante reuniones (que no asambleas) de barrio, con presidentes de finca, de padres y madres, con jóvenes de los institutos…

Respecto a lo segundo, la realidad nos muestra una mayoría de ciudadanos a los que no les da vergüenza emitir opinión y juicio sobre cualquier tema sin haberse molestado antes en recabar un mínimo de datos sobre aquello de lo que hablan. Ante esto, sin duda, es más útil centrarse en buscar ciudadanos con predisposición a estar informados e implicarse, o ciudadanos con motivación social y con conocimiento de las distintas materias sobre las que interesa suscitar el debate. A estos podemos llamarlos “ciudadanos resolutivos”. Unas cuantas decenas de ellos suplen a un buen número de miles de ciudadanos desinformados y despreocupados, y aportan sustancialmente mucho más que la inmensa mayoría de la población. Un maestro comprometido, un profesional de la rama técnica con motivación social, un profesor de universidad jubilado, un líder (que no dirigente) de movimientos sociales… son algunos de los ciudadanos que pueden tener este perfil de ciudadanos resolutivos.

Incrementar el número de estos ciudadanos, es decir, el número de ciudadanos informados, con motivación social, es una labor educativa a largo plazo. Pero mientras, habrá que conformarse con los no analfabetos de la información, y con los motivados socialmente, para respaldar una mejor gestión política. Saber juntar al máximo de estos y facilitarles los datos y el debate sobre los asuntos que hay que afrontar para realizar un cambio a mejor de la sociedad, es la tarea más productiva que se puede hacer en este sentido.

Una buena información a la ciudadanía sobre los temas que a esta le preocupan (y que hemos detectado como hemos dicho anteriormente), con mensaje conciso, claro, sintetizado y, a ser posible, en lenguaje audiovisual, ayuda a incrementar el número de ciudadanos resolutivos entre la población. Ciudadanos mejor informados están más cerca de la motivación y, por tanto, del compromiso social (sólo más cerca, sin educación ciudadana es difícil que la población de determinados pasos).

2.- El modelo terapéutico de “integración social”

Muchas de las asociaciones existentes, la inmensa mayoría, son pequeñas entidades que permiten la integración social de las personas que las componen, a veces mediante el desarrollo común de algún interés compartido. A veces, sencillamente, facilitando la inter-relación, la sociabilidad entre individuos.

En este modelo se incluyen:

  • las asociaciones festivas
  • las pequeñas asociaciones culturales, deportivas, de auto-ayuda entre afectados por algún problema sanitario, socio-económico, etc.

En una sociedad tan individual es importante la existencia de estos núcleos de convivencia y, desde las administraciones, es necesario fomentarlos dándoles:

  • Apoyo en cesión de recursos municipales a las asociaciones que tengan un contenido más formativo, de mejora social. Por ejemplo locales cedidos mientras la asociación tenga actividad que justifique su tenencia, pero que luego reviertan, cuando el grupo muera o cese su actividad, de nuevo, para ser utilizados por otros nuevos grupos de convivencia organizada.
  • Subvenciones de acuerdo a su aportación a la comunidad: formación a la ciudadanía, organización o participación en actividades de concienciación o mejora social…
  • Apoyo para que puedan cumplir con la legalidad fiscal y administrativa.

Imprescindible establecer para estas aportaciones unos criterios objetivos de subvención que prioricen la labor social, cultural, formativa y que acaben con el clientelismo.

3.- El modelo competitivo de “empoderamiento ciudadano real”

Corresponde al sector social asociativo que ha dado el paso hacia la profesionalidad sin abandonar los principios del altruismo y el compromiso ciudadano, y que gestionan parcelas de “lo público” especialmente en el campo social, cultural, y deportivo.

Ejemplos de este modelo lo constituyen:

  • las entidades tradicionales de voluntariado como Caritas o Cruz Roja.
  • parte de las entidades de ocio educativo.
  • gran cantidad de clubs deportivos de gran tamaño.
  • muchas entidades culturales i/o prestadoras de servicios…

A este tipo de asociacionismo, desde hace décadas, en toda Europa, se le ha ayudado para que funcione de la manera más autónoma posible:

  • Abriendo una linea de subvenciones para que cuenten con equipamientos propios.
  • Firmando convenios para que gestionen recurso públicos.
  • Subvencionando el 100% de sus programas más sociales (de prevención, de integración…) y gran parte de los culturales, educativos, deportivos…

Cualquier aportación monetaria o de recursos que se hace a este tipo de entidades ciudadanas tiene mucha más rentabilidad económica y social que la que se hace, por el mismo concepto, a la empresa privada.

No hay mejor empresa que aquella cuyos beneficios revierten en su totalidad en proyectos sociales, culturales, ambientales… en definitiva en mejora social.

Caminar hacia que las asociaciones con posibilidades se llenen de contenido profesional (contratado o voluntario), y de ciudadanía comprometida (informada, formada y responsable), y que estas sean las que gestionen servicios, programas y actividades, en vez de hacerlo empresas privadas, forma parte de un cambio de modelo económico en el que las empresas sociales, las cooperativas y las empresas de la economía del bien común sustituyan la gestión privada de lo público por gestión social ciudadana.

Introducir cláusulas sociales (con exigencias mínimas de derechos laborales, respeto al medio ambiente…) que, sencillamente, aporten, en las tablas de baremación de las plicas de los concursos públicos, unas décimas a las entidades con mayor reversión social de sus beneficios, haría que las asociaciones verdaderamente competitivas (aunque no por ello socialmente irresponsables) accedieran fácilmente a parcelas de gestión de lo público que ahora están en manos privadas.

 

Enrique Deltoro Rodrigo (noviembre, 2015)

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